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Mar 05, 2024 86 0 Emily Shaw, Australia
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5 maneras de deslumbrar en Navidad

En la noche más oscura vemos las estrellas más brillantes. Deja que tu luz brille.

Imagínense la anticipación de una noche tranquila y oscura en las profundidades de una cueva toscamente excavada. Lo suficientemente cerca de la ciudad como para escuchar el parloteo de Belén que estaba a reventar, pero lo suficientemente lejos como para sentirse separado. La cueva, un establo alfombrado de paja y con un fuerte olor a animales y tierra, está sumida en la oscuridad.

Escucha. Oye las oraciones y los murmullos ahogados, la succión satisfecha de un bebé amamantado. Un niño, robusto y precioso, acunado por su madre y su padre. Arriba, una brillante luz celestial brilla sobre esta cueva, la única señal de que esto no es un evento desfavorable.

El bebé, recién nacido y envuelto en pañales hechos y bordados por su madre… contento con su alimento, reposa en paz. Afuera, en la bulliciosa ciudad de Belén, nadie es consciente de la magnitud de este acontecimiento.

Una cueva profunda y oscura

En la tradición ortodoxa, el ícono de la Natividad está representado en las profundidades de una cueva. Existe una doble razón: En primer lugar, en la época en la que nació nuestro Señor, los establos a menudo se escababan en la roca de una manera burda. La segunda razón es más simbólica…

Es precisamente esta cueva oscura la que proporciona la yuxtaposición de la luz de Cristo, atravesando el tiempo, el espacio y la roca: Dios descendiendo a la tierra. También esta cueva de apariencia sepulcral, prefigura su pasión y muerte.

Aquí, en este ícono, está escrita la realidad de un evento que sacudió y cambió la vida del hombre para siempre. Este único niño, este dulce bebé acurrucado en los brazos de su madre llena de gracia “está destinado para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser signo de contradicción” (Lucas 2, 34).

Un corazón profundo y oscuro

Cada uno de nosotros ha heredado una naturaleza humana caída. Es nuestra concupiscencia –nuestra inclinación a pecar– que hace que nuestro corazón se oscurezca. No sorprende entonces que encontremos en el Evangelio de Mateo la exhortación: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5,8).

Nos gustaría pensar que si estuviéramos vivos en el tiempo de Jesús, no habríamos fallado al reconocerlo entre nosotros. Pero me temo que esta es una forma orgullosa de pensar. Es mucho más probable que hubiéramos tenido problemas para encontrarlo aunque Él estuviera justo frente a nosotros; a menos que nuestra fe estuviera construida sobre una base sólida y estuviéramos abiertos a la llegada del Mesías.

De hecho, algunas veces fallamos al no reconocerlo en nuestro tiempo, cuando está justo frente a nosotros. ¿Realmente lo reconocemos en la Eucaristía?, ¿o bajo el angustioso disfraz de los pobres?, ¿o incluso en las personas que nos rodean, especialmente en aquellas que nos molestan?

No siempre; y tal vez ni siquiera de manera consistente; pero hay remedios para eso.

Refleja la luz

San Josemaría Escrivá nos advierte: “Pero no olvidemos que no somos nosotros la fuente de esta luz: sólo la reflejamos”. Si pensamos en nuestro corazón como si fuera un espejo, nos damos cuenta de que incluso las pequeñas marcas en la superficie alterarán el reflejo. Cuanto más se mancha el espejo, menos reflejamos la luz de Cristo a los demás. Sin embargo, si mantenemos rutinariamente la limpieza del espejo, su reflejo no se oscurecerá de ninguna manera.

Entonces, ¿cómo mantenemos limpio nuestro corazón? Prueba estos cinco sencillos pasos esta Navidad para que nuestros corazones estén lo suficientemente limpios como para reflejar la luz de ese bebé -el Príncipe de Paz-, a los demás. Que lo reconozcamos en la cueva, en el mundo y en las personas que nos rodean.

  1. Ora por un corazón limpio

Pide a nuestro Señor que te ayude a resistir las tentaciones del pecado y a fortalecer tus hábitos diarios de oración. Recíbelo dignamente en la Eucaristía para que Él te consuma. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva dentro de mí un espíritu recto” (Salmo 51,10).

  1. Ejercita la humildad

Tropezarás más de una vez en tu viaje espiritual. Frecuenta el sacramento de la reconciliación y busca un buen y santo sacerdote para recibir dirección espiritual.

  1. Lee los evangelios

Leer y meditar en los Evangelios son maneras maravillosas de llegar a una comprensión más profunda y una relación más cercana con nuestro Señor. “Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes” (Santiago 4,8).

  1. Recibe la luz

Acepta de buena gana y con amor las enseñanzas de Cristo y su Iglesia, incluso cuando sea difícil. Ora por claridad y comprensión cuando no estés seguro de lo que se espera de ti.

  1. Desvía la oscuridad

Santa Madre Teresa de Calcuta dijo una vez: “Las palabras que no dan la luz de Cristo aumentan la oscuridad”. En otras palabras, si cualquier conversación o medios electrónicos que utilicemos, no nos traen la luz de Cristo, entonces se deduce que están haciendo lo contrario. Al ser cuidadosos en cuanto al entretenimiento o las influencias que disfrutamos, estamos realmente desviando aquellos que no traen la luz de Cristo.

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Emily Shaw

Emily Shaw is a former Australasian Catholic Press Association award-winning editor turned blogger for australiancatholicmums.com and is a contributor to Catholic-Link. A wife and mother of seven, she resides on a farm in rural Australia and enjoys the spiritual support of her local catholic community.

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