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Oct 20, 2018 63 0 Misty Smith
Encuentro

VEN, ESPÍRITU SANTO Y DANOS PACIENCIA

Un maravilloso sacerdote me dijo alguna vez que el tipo de sufrimiento más peligroso era el espiritual, ése que es crónico y no se le ve fin. En otras palabras, ese sufrimiento que siempre anda por allí rondando sólo para golpearte, rehusándose a sacarte de tu miseria, como podría ser la enfermedad mental, un matrimonio problemático, cuidar a un ser querido discapacitado o la infertilidad.

Algunas veces el sufrimiento ni siquiera tiene nombre, pero es más que la muerte provocada por mil cortadas, como podría ser ese par de años en que tu familia estaba luchando económicamente, cuando perdiste a un hijo, cuando tu esposo fue despedido, aquel tiempo en que las relaciones con tu familia se hicieron tensas y desarrollaste problemas de salud. Todos pasamos por momentos en nuestra vida –ya sea que la fuente del sufrimiento se identifique con ese monstruo como el cáncer o simplemente sea un largo periodo de implacables problemas- en que tenemos ganas de alzar los brazos al cielo y gritar, “De verdad, Dios ¿otra vez? ¿ACASO NO PUEDO DESCANSAR UN RATO?”

El sufrimiento prolongado que no nos mata, espiritualmente resulta ser muy peligroso porque nos tienta a dudar de la bondad de Dios y su amor por nosotros. También nos induce a la amargura, pues agotados por el sufrimiento (y muchas veces también locos de rabia), nos convertimos en personas enojadas y frías que cierran el corazón sólo para evitar más dolor.

El único antídoto para este tipo de sufrimientos es el don de la paciencia o sufrimiento prolongado que otorga el Espíritu Santo. Definido como la habilidad para soportar pacientemente continuas ofensas o sufrimientos, la paciencia es una de las virtudes más difíciles de practicar porque requiere responder con paciencia y amor una y otra vez a la misma situación durante un largo periodo de tiempo. Cuando estamos cansados, abatidos, o simple y sencillamente cansados del dolor y la lucha, de algún modo tenemos que encontrar la fortaleza para seguir enfrentando ese dolor con amabilidad y fe.

La buena noticia es que tenemos a mucha gente que nos ayudará en el camino. Personas como tú y yo quienes, al menos inicialmente, lucharon contra la desesperación, la rabia y la frustración por el sufrimiento prolongado.

La autora Ronda DeSola Chervin, en su libro “The Kiss from the Cross: Saints for Every Kind of Suffering” (El beso desde la Cruz: Santos para cada tipo de sufrimiento), nos ofrece modelos de santidad para virtualmente todo tipo de sufrimientos: dudas, frustración, temor, dolor físico y fatiga, tentación, pruebas interiores, soledad, fracasos, explotación, persecución y discordias materiales. Lo que más me impactó de cada uno de los santos que ella menciona, es que mucho antes de que las personas experimentaran paz espiritual en relación a su sufrimiento, él o ella soportaron un largo periodo de intensa angustia emocional. Muchas de estas personas a quienes ahora sólo recordamos por las cosas buenas que hicieron durante su vida, batallaron con todas esas emociones que nosotros pasamos cuando sufrimos: estaban enojados con Dios, se sintieron abandonados, algunas veces incluso perdieron su camino por un tiempo. Sus reacciones iniciales no fueron de ningún modo “santas”, aún cuando eventualmente aprendieron a vivir con sus luchas, crecieron a partir de ellas e, incluso, le dieron gracias a Dios haberlas padecido.

Siendo yo misma una persona que se encuentra en ese camino, valoro mucho saber que mis hermanos y hermanas mayores lucharon con muchas de las mismas dudas, frustraciones y ansiedades que yo cuando soy enfrentada a largos periodos de sufrimiento. En esos momentos en que mi espalda grita –otra vez- de dolor durante un espasmo de fibromialgia, me ayuda saber que Santa Ludwina, una joven holandesa que sufrió casi cuarenta años con los dolores físicos más extenuantes posibles, pasó sus primeros cuatro años de enfermedad consumida por la rabia, la amargura y la desesperación. Su madre constantemente le recordaba que era una carga para la familia y la Santa se convenció de que sus sufrimientos eran el resultado de haber sido rechazada por Dios. Al escuchar a otros jóvenes jugando afuera de su ventana, lloraba de frustración y tristeza porque ella estaba tan enferma que ni siquiera podía salir de la cama. En más de una ocasión Santa Ludwina ha intercedido por mí ante el Espíritu Santo obteniéndome las gracias que necesito para ser paciente y confiar en Dios con esta enfermedad crónica que tengo, en vez de azotar a mis seres queridos y enojarme con Dios por permitirme sufrir durante tanto tiempo. Lo hermoso de nuestros Santos es que hay uno para cada situación imaginable, especialmente aquellas que requieren de mucha paciencia.

Es fácil olvidar –o ignoramos- que San Damian de Molokai tenía muy mal genio y experimentó décadas de frustración al tratar con la jerarquía eclesiástica y oficiales gubernamentales (jefes molestos, ¿habrá alguno?); o que el esposo de Santa Cornelia Connelly la acusó de abandono cuando fue él quien la abandonó intentando que la declararan loca para poder quedarse con el dinero de la familia; o que San Juan de la Cruz fue encarcelado por miembros de su propia orden; o que el Beato Francis Libermann desde su infancia fue carcomido por la ansiedad al punto de llegar a sufrir terribles migrañas, úlceras estomacales y ataques de pánico. Con frecuencia se nos olvida que los santos no nacen…se hacen, y se hacen a través del sufrimiento.

Además de pedir la intercesión de los santos, hay algunas cosas prácticas que podemos hacer que nos ayudarán a recibir el don de paciencia del Espíritu Santo: Lleva un diario espiritual anotando especialmente las ocasiones en que Dios te ha mostrado su amor claramente. Estos registros de quién es Dios en tu vida, te ayudarán a disipar las dudas que se trepan cuando has pedido esa paciencia que no acaba de llegar tan rápido. Muchas veces cuando estoy luchando por reconciliar la idea de un Dios que me ama personalmente con el hecho de estar con tan terribles sufrimientos, veo un par de viejos Crocs que alguna vez recibí como respuesta inmediata a mi oración. Esos zapatos, junto con todos los apuntes de mi diario que me hablan de todo el bien que Dios ha hecho en mi vida a lo largo de los años, me ayudan a no sucumbir en un mar de dudas, me recuerdan quién es Dios y me cuelgo de ese “registro” cuando el dolor se atreve a susurrarme que, después de todo, Él no es digno de confianza.

Reflexiona en los logros/lecciones/beneficios espirituales que has recibido de tu sufrimiento. En mi caso, durante muchos años simplemente me quedaba en blanco cuando llegaba el sufrimiento, aún cuando se quedaba largos periodos de tiempo. No estaba interesada en saber si estaba creciendo espiritualmente -o como-, sino simplemente si podría aguantar hasta que aquello terminara. Ahora intento estar abierta y comprender lo que Dios está queriendo hacer en mi alma. ¿Está intentando enseñarme a ser más paciente, a amar a los demás más que a mí misma? ¿Está tratando de ayudarme a crecer en la confianza? Algunas veces oro diciendo: “Dios, por favor dame la gracia de ver lo que estás tratando de hacer en mi alma,” y otras no tengo la habilidad o las fuerzas de hacer estas preguntas hasta que el sufrimiento ha pasado, pero la diferencia es que ahora las estoy haciendo. El ser capaz de ver que Dios está tratando de hacer algún bien en mi alma me ha ayudado para abrazar verdaderamente mi sufrimiento y conservar la fe en su bondad, incluso cuando el mundo, la carne y el demonio me están diciendo que debería odiarlo por ello.

Y finalmente… No tengas miedo de pedir ayuda y hazlo FRECUENTEMENTE. Algunas veces Dios permite nuestro sufrimiento para que los demás salgan de su amor egoísta y hagan algunos sacrificios. Por muchos años sufrí en silencio con mi fibromialgia, odiando hasta pedirle a mi esposo ayuda cuando estaba enferma. Ahora veo mi sufrimiento como una oportunidad espiritual para los que me rodean y no me esfuerzo tanto en negarles la oportunidad de darse a sí mismos. ¿Qué tan seguido escondemos nuestras necesidades de los demás por temor a que piensen que somos débiles? Al contrario, cuando lleguen los momentos difíciles reconoce que tus circunstancias proveen la vital e importante oportunidad para que te hagas más humilde y pidas ayuda, así como la oportunidad para que los demás aprendan a sacrificarse por amor. Una vez que dejé de tener miedo de pedir ayuda y dejé de preocuparme de que los demás me vieran tan débil, pude apreciar mucho mejor cómo Dios se vale de mi enfermedad para hacer que mis hijos, mi esposo y mis amigos sean personas más compasivas y amorosas a través de mí.

Me gusta referirme a esos periodos largos de sufrimiento en la vida como “amor a prueba.” Una cosa es soportar una crisis repentina que pasa rápidamente, y otra es soportar días, semanas o años de abuso, temor, ansiedad, enfermedad o decepción y, pese a todo ello, convertirse en una persona santa y amorosa. Si bien Dios permite nuestro sufrimiento -incluso las luchas prolongadas- también sabe que necesitamos de su ayuda, no sólo para soportarlas, sino para utilizarlas como formas de crecimiento espiritual. No olvidemos que tenemos a nuestros amados Santos, así como al Espíritu Santo para que nos ayuden: “…con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor” (Ef 4,2).

Misty Smith

se convirtió del ateísmo al catolicismo hace diez años. Antes de ser madre y ama de casa, trabajó de tiempo completo como escritora de revistas y editora. Vive con su esposo y sus cuatro hijos, y se deleita en el gozo de ser católica después de haber pasado mucho tiempo de su vida en oscuridad espiritual. Reimpreso con licencia de “Catholic Sistas” (www.CatholicSistas.com)

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