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Ago 06, 2019
Evangelizar Ago 06, 2019

Mi esposa y yo compramos un maravilloso DVD, “El gran Milagro”, una película animada sobre la Santa Misa. En una de las escenas durante el Ofertorio, se muestra que junto a cada una de las personas asistentes se encuentra su ángel guardián, y cuando comienza el Ofertorio, algunos de los ángeles pueden volar hacia el altar para depositar lo que han ofrecido los fieles a quienes cuidan, pero otros se quedan inmóviles con el semblante sumamente triste, porque las personas a su cuidado no ofrecieron oraciones ni nada, y esos ángeles no tienen nada que depositar en el altar junto con el pan y el vino. ¿Cuántas veces he ignorado lo que está sucediendo en la Misa? Con esta actitud, no le he permitido a Dios encontrarme en la escena más poderosa de la historia: la Santa Misa. ¿Cuántas veces he entristecido a mi ángel guardián?

El precio

En Samuel 2,24, leemos que Areuna intentaba ofrecer sus seis bueyes al Rey David para que ofreciera un sacrificio, y la rastra y los yugos como leña, ¡y todo eso sin costo alguno! Él no quería recibir ningún pago del Rey David, pero David le dice: "Gracias, Areuna, pero yo no voy a ofrecer a Yavé algo que no me cueste nada. Por eso, te lo quiero comprar todo."  Mi actitud en la Santa Misa frecuentemente ha sido muy diferente a la de David, quien le hizo una súplica al Señor ofreciéndole un sacrificio que le costó. Yo voy a la Santa Misa varias veces, pero no ofrezco nada; participo de un sacrificio que no me ha costado nada. ¿Qué podría ofrecer que me costara algo? Jesús me recuerda el sacrificio que hizo en la Cruz, cuando todo el mundo parecía estar en su contra y lo insultaban y maldecían; Jesús sufrió muchísimo. Como ser humano, la tentación habría sido reaccionar violentamente contra sus perseguidores gritándoles con furia, o bien quedarse callado sin decir una sola palabra, pero guardando coraje en el corazón. Jesús no sólo venció la tentación, sino que oró a Dios diciendo:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

Aquellas palabras agradaron al Padre porque el Hijo no había participado de un sacrificio que no le costaranada sino antes, al contrario: le costó absolutamente todo. Siendo inocente, Jesús decidió perdonar. Este es el pago que Dios espera que le ofrezca en la Santa Misa: vencer mi rabia, mi frustración y mis heridas en el altar. Necesito ofrecerlo durante el Ofertorio y mi ángel guardián estallará de alegría. Si ofrezco todo lo negativo que traigo en mi interior, permitiré que Dios me encuentre. En la Misa, me resulta más difícil ofrecerle a Jesús todo mi dolor que mi dinero; el verdadero costo será ofrecerle mi negativa a perdonar a los que me han herido.

Seguir de cerca
Me convencí de esto cuando medité Hechos 7, 54-60, en donde se describe el martirio de San Esteban. En laprofesión de fe, proclamamos que Jesús está sentado a la derecha de Dios. En el relato del martirio, vemos cómo San Esteban, lleno del Espíritu Santo, se prepara para ser ejecutado. En una visión ve la gloria de Dios y al Hijo del Hombre a su derecha. San Esteban, colmado de un amor incondicional a Dios, tiene esa imagen celestial poco antes de morir. Él ve a Jesús, el Hijo de Dios, que está allí parado. Jesús lo está animando; quizás le esté aplaudiendo alentándolo a llegar a la meta final. ¡Qué imagen tan maravillosa! Sería factible asumir que los ojos de Jesús hubieran estado puestos en su amado siervo Esteban, o que ambos se miraran fijamente
a los ojos. En el verso 58 entra en escena un hombre joven, Saul, el perseguidor de la Iglesia, pero quedémonos allí porel momento. En el verso 59, se afirma que mientras apedreaban a Esteban, éste exclamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” ¿Hemos escuchado esas palabras antes? El Evangelio de Lucas nos dice que Jesús pronunció esas mismas palabras en la Cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Y Jesús expiró.

Cuando Esteban dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu,” la Biblia no dice que de inmediato lanzó su último suspiro. Esteban, después de tener esa gran visión de Jesús apoyándolo, se emocionó de ir al cielo. Jesús fue crucificado; Esteban fue apedreado. Esteban sigue la fórmula diciendo: “Señor, recibe mi espíritu,” sin embargo, su espíritu no abandona su cuerpo, sigue vivo. ¿Por qué?

Más de cerca

Aquí es cuando Esteban mira nuevamente el rostro de Jesús y comprende realmente la divina misericordia. Mientras a Esteban le tiran piedras, Jesús se queda allí alentándolo y quizás hasta aplaudiendo, pero los ojos del Señor en realidad no están fijos en Esteban sino en Saulo. Esteban se percata de que Jesús mira a Saulo con una gran compasión, sin rencores, enojo, o decepción; en el rostro de Jesús sólo hay un amor radical. Es cuando Esteban se percata de la gran diferencia que existe entre él y Jesús. A Esteban le urgía llegar al cielo y por eso dijo, “Señor, recibe mi espíritu,” pero no había pronunciado la oración que Jesús había hecho antes de ofrecer Su Espíritu: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” Esteban se dio cuenta de que
estaba ofreciendo un sacrificio que no le había costado nada. Jesús es la Divina Misericordia. Tenemos un Salvador que, al exhalar su último aliento, miró con bondad a los mismos que lo crucificaban deseando que estuvieran para siempre con Él en la eternidad; esa es la naturaleza de la Divina Misericordia. En la sociedad actual, nuestro Salvador misericordioso también mira compasivamente a los perpetradores de crímenes y asesinatos con la esperanza de redimirlos. ¿Nos molesta esta actitud de Jesús? San Esteban no se convirtió en santo por haber sido apedreado por su fe en Jesús. Cuando San Pablo habla sobre el amor, nos dice: “aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.”

¿Estás listo a pagar el precio?

Cuando San Esteban no murió como se esperaba y miró el rostro de la Divina Misericordia, comprendió el deseo oculto del Sagrado Corazón: Jesús se sentía dichoso porque Esteban iría al cielo, pero se sentiría más dichoso aún si también Saúl, el asesino, fuera al cielo. La Divina Misericordia le extiende una invitación a Esteban: ‘¿Harías la oración de perdón que yo hice en la Cruz por toda la humanidad? ¿Pedirías por la conversión de las almas que están muriendo? ¿Intercederías por los que están acabando con tu vida?’ Es en ese momento que Esteban comprende el amor insondable de la Divina Misericordia, y suplica sinceramente: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado,” catapultándolo a la meta final del cielo. Al perdonar a los que lo apedreaban, su sacrificio fue agradable a Dios porque le había costado, lo había pagado venciendo su rabia contra los que le mataban, y esa oración fue la que lo santificó. La Biblia dice que después de hacer esa
oración, se quedó dormido.

Preguntémonos nuevamente: ¿nos molesta esta acción de Jesús? ¿Nos demuestra menos amor al mirar compasivamente a los que nos persiguen y nos hacen sufrir? No lo creo. Pienso que deberíamos interpretar esta actitud de la Misericordia Divina de la siguiente manera: Para Dios es muy valiosa y agradable la oración de perdón, de conversión y de intercesión que ofrecemos por los demás. Él responde a estas oraciones cuando salen del corazón porque nos ama a todos, y desea sinceramente que todos estemos con Él en el cielo. Es muy difícil rezar por aquellos que nos persiguen, pero ¿podríamos hacerlo sinceramente para que ellos también vayan al cielo? Dios puede hacer mucho con lo poco que ofrecemos, y si se lo pedimos, Él nos ayudará a interceder de corazón por la conversión de los pecadores. Esta respuesta a la Divina Misericordia nos ayudará a alcanzar la meta final de nuestras vidas para encontrarnos con el Salvador en el cielo. Eso es lo
que nos hará santos; eso fue lo que hizo de Esteban un santo. “Señor Jesús, ayúdame para que puedas encontrarme cada vez que vaya a la Santa Misa o cuando haga oración. Ayúdame a renunciar a todo lo negativo que llevo en mi interior. Ayúdame a ofrecer un sacrificio digno y costoso como el que tú ofreciste por mí para que, agradando así al Padre, pueda recibir todas las gracias de la Eucaristía y con ello alegrar a mi querido ángel guardián. Amén.”

 

 

 

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By: Jenson Joseph

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Feb 06, 2019
Evangelizar Feb 06, 2019

Tengo una gran intención de oración, pero antes de ofrecerla, reviso todos los ángulos como si estuviese comprando un automóvil. Las llantas están fuertes porque, definitivamente, esta oración no se trata de mí; en realidad, es la oración menos egoísta que jamás haya hecho, y sé que acumularé muchas millas. Si mi oración es respondida, hará que muchas personas experimenten felicidad, alegría, descanso y conversión. ¿Qué cosa no se podría querer o desear de esta intención? Sin embargo, hay un engaño sutil, y es que se me olvidó revisar debajo del toldo y preguntar: ‘¿y será la voluntad de Dios?’

No faltarían algunos ateos y anti cristianos que, ante esta pregunta, saltaran exclamando: ‘¡Ajá! Si Dios no responde ante tan gran intención, ha de ser porque no existe, o por lo menos, es un Dios malo que permite que sus hijos se enfermen de cáncer.

Si Dios es amor, es prácticamente imposible que sea malo, y por mi propia experiencia de vida puedo dar testimonio de eso y de su existencia. Con todo, ¿qué razón tendría Dios para objetar algo a una intención como ésta? La respuesta es que Él desea el mayor bien, o el bien, para todos.

Si bien lo que yo pido es sólo una intención aislada -y digo aislada porque como ser humano sólo veo una pequeña parte de todo el panorama- Dios VE el panorama completo; y no sólo eso, sino que Él puede ver mi limitada visión del mundo y la intrincada forma en que todo lo que veo toca situaciones de las que no estoy consciente, y la vida de personas que jamás pensé considerar.

Hubo un ejemplo muy claro en las noticias, en donde vi que un buen hombre era ferozmente atacado por unos ideólogos. Fue una situación muy loca e inverosímil en muchos sentidos. Obviamente me puse a rezar pidiéndole a Dios que protegiera a ese hombre y le diera la gracia de vencer a sus atacantes.

¿Y si Dios quisiera que a través del sufrimiento de ese hombre sus atacantes se convirtieran? Si Dios cuida a todas las almas, me parece ver cuál sería su prioridad. Y tú ¿la puedes ver? Quizás la conversión de una de esas personas suscite al San Pablo de nuestros días que le lleve muchas almas a Jesús.

 

Confía en el Señor con todo el corazón,

y no te fíes de tu propia sabiduría.

En cualquiera cosa que hagas,

tenlo presente:

él aplanará tus caminos.

 

 

  • PROVERBIOS 3,5-6

 

Si crees que el ejemplo que acabo de poner significa que no debemos orar o pedir algo en particular, no es eso a lo que me refiero, sino que es un llamado a confiar en Dios. Por supuesto que hay que pedir por todos, pero al mismo tiempo hay que confiar y dejar en sus manos las situaciones porque Él es el único que tiene el panorama completo. Yo ofrezco mis oraciones pidiéndole a Dios que se haga su voluntad y confiando plenamente en que Él permitirá el mejor bien que, por lo demás, siempre sobrepasa, y por mucho, lo que yo había pedido.

Si comienzas a orar con confianza cambiará toda tu vida, de tal modo que cuando lleguen las dificultades tendrás la plena seguridad de que de cada situación saldrá un mayor bien aunque tú no puedas verlo. Te angustiarás menos y hasta te emocionará ver que Dios responde de formas insospechadas e increíbles a tus oraciones.

En resumen, nosotros no conocemos la voluntad de Dios que trasciende todo cuanto podamos imaginar, y si bien es cierto que lo que pedimos en la oración a veces coincide con su voluntad, también es cierto que otras veces no es así.

Si aprendes a confiar en la voluntad de Dios y dejas de querer controlar las situaciones, descubrirás que cada oración no sólo es siempre respondida, sino que actúa para mayor gloria de Dios.

 

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By: Jacqueline Vick

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