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Ago 06, 2019
Contratar Ago 06, 2019

Ante situaciones difíciles, los fuertes siguen adelante…

En el año 2010, se estrenó la película “127 Horas” protagonizada por James Franco representando a un hombre en busca de aventuras, Aron Ralston. El personaje principal, en la aventura de escalar un cañón al sureste de Utah, cae en una profunda y rocosa hendidura. Su antebrazo derecho queda perforado por una gran piedra filosa que lo atrapa durante cinco días y siete horas (127 horas). Permanece varios días inmóvil intentando desprenderse de aquella piedra sin éxito. Finalmente, convencido de que morirá en esa situación, logra sacar de su mochila un pequeño e insignificante cuchillo y comienza a cortarse el brazo. Pese al insoportable dolor, termina su tarea. Ralson coloca un rudimentario torniquete en el muñón de su brazo mutilado, y continúa su camino por la parte restante del cañón, del que tenía que deslizarse a rapel por un escarpado acantilado de casi 20 metros para salvarse. Después llega a una carretera y al pasar un auto, le hace señales pidiendo ayuda. Meses después de aquel terrible calvario, se presenta en el Show de David Letterman en donde platica su experiencia ante una audiencia atónita. Al terminar, el normalmente simpático y sarcástico Letterman se nota inusualmente serio, y mirando fijamente a su invitado, le dice con gran admiración, “Tú sabes algo de la vida
que yo no sé.”
¿Cuál ha sido el propósito de describir esta dramática y a la vez fascinante historia? Hacer un paralelismo de cuando Jesús habla con increíble firmeza de que hay que cortarse la mano, el pie y sacarse el ojo; arrancarse todo esto si eso se convierte en obstáculo para la salvación. Es mejor entrar a la vida eterna mutilado, que ir a la Gehena con todos tus miembros intactos. Estas palabras son duras, desafiantes y sorprendentes, pero ¿acaso debemos entenderlas de forma literal y fundamentalista? No lo creo. En su Suma Teológica, Santo Tomás de Aquino estableció las bases para la moderna interpretación bíblica reconociendo que la Biblia está repleta de un rico lenguaje simbólico que transmite un significado especial en relación a lo que Jesús dijo en realidad.

De tal forma que Santo Tomás hace una distinción entre el sentido literal de un pasaje, y lo que en realidad dicen las palabras de la Escritura; es decir, el significado obvio del texto. Demuestra que en los pasajes hay un sentido espiritual que va más allá del sentido literal de las palabras, y desde esa perspectiva ha de buscarse el significado religioso que se transmite simbólicamente.
No creo que Jesús esté incitando a que sus seguidores se corten las manos, los pies o se saquen los ojos, sino que nos desafía a tomar esta enseñanza con cierta seriedad espiritual, no siendo indiferentes al lenguaje que Jesús está utilizando. ‘Oh, Nuestro Señor sólo está exagerando. Sólo está utilizando metáforas para obtener nuestra atención.’ Más nos valdría leer el pasaje de Marcos 9,43-48, con la óptica de Aron Ralston y su experiencia, quien se enfrentó al peligro de la muerte al quedar su brazo atrapado en una filosa roca. Tan desesperante fue su situación, que juzgó correcto sacrificar una parte esencial de su cuerpo para salvar la vida. Sabía que tenía que hacer algo drástico, y estaba dispuesto a pagar el precio pese al enorme dolor que eso le provocaría.
¿Alguna vez se nos ha ocurrido pensar que podríamos estar en una situación semejante de peligro sólo que en el ámbito espiritual, y que si no hacemos algo drástico podría morir nuestra alma? Ciertamente podríamos estar en peligro mortal, atrapados, por así decirlo, bajo una gran “piedra”. Jesús nos ha advertido de los peligros espirituales, de la guerra espiritual, de la muerte espiritual, y de las decisiones drásticas que tendremos que tomar para salvar el alma. ¿Cuáles son las tres cosas que nos señala Jesús? Veámoslas desde el punto de vista espiritual.

1.- Agarrar al toro por los cuernos

La mano es el miembro con el cual ‘agarramos’ o ‘tomamos’ las cosas. A lo largo de nuestra vida, agarramos o arrebatamos todo tipo de cosas: dinero, placer, sexo, poder, prestigio, seguridad y comodidades. Sólo hay que remontarse al Libro del Génesis para ver cómo nuestros primeros padres ‘arrebataron’ el fruto del árbol del bien y del mal. “Agarraron” la santidad, pero ¡dejaron fuera a Dios! Desde el principio nuestras manos han significado un problema, porque agarran lo que desea el ego. ¿Qué has estado ‘agarrando’ a lo largo de tu vida? ¿Cosas mundanas, honor, beneficios para ti y para satisfacer tus placeres? ¿Esto te ha puesto en peligro espiritual impidiéndote recibir la única esencia gloriosa que es la vida de Dios mismo? ¿Estás dispuesto a cortar los apegos en tu vida? Quizás estés pensando, ‘¡ni loco! No puedo vivir sin esto y lo otro’. Podrían ser riquezas, poder, honor o placeres. En cualquier caso, quizás tu ambición de tener y poseer te esté perforando y eso no te permita estar plenamente vivo.

2. Elije tu camino

¿Qué es el pie, sino el miembro con el cual caminamos, por medio del cual nos ponemos en macha por un camino definitivo? Se supone que debemos caminar espiritualmente hacia Dios, meta de nuestra vida. Santo Tomás de Aquino dice que, si quieres encontrar el gozo, debes ir por el camino que conduce sólo a Dios. ¿Qué hacemos gran parte de nuestra vida? Ir por caminos equivocados, caminos que nos alejan de Dios, caminos que nos conducen a la riqueza y al consumismo, el estatus y el prestigio, el control y la dominación, el placer hedonista. A temprana edad tomamos estos caminos y por allí caminamos y caminamos. Al llegar a la edad adulta, apresuramos el paso porque ya no nos queda mucho tiempo, así que acumulamos más y más, y en esa medida, nos vamos desviando del camino correcto. En la tradición espiritual, hay incontables historias que nos describen caminos, sendas y formas de vida. La “Divina Comedia” de Dante Alighieri, comienza diciendo:

“En medio del camino de nuestra vida me encontré en un oscuro bosque, ya que la vía recta estaba perdida.”
(El Infierno, Dante Alighieri, Canto 1).
Por lo tanto, si tu pie es el problema, córtatelo, pero ¿qué significa eso espiritualmente? Que si vas por el camino equivocado, debes aceptar cambiar de dirección y ponerte en el camino correcto, pero “aquí es donde la puerca tuerce el rabo,” podríamos decir. Pensarás, ‘¿me estás diciendo que el camino que he llevado toda mi vida, al que le he dedicado la mayor parte de mis esfuerzos, está equivocado?’ ¡Sí!, y tienes que estar dispuesto a abandonarlo, a cortarlo.

3. ¡Te conviertes en lo que ves!

Finalmente, Jesús habla del ojo diciendo que, si ese es tu problema, sácatelo. Tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino dicen que la visión beatífica significa “ver” a Dios cara a cara. La meta de la vida espiritual es el conocimiento de Dios, amar a Dios, poder ver profundamente la esencia misma de Dios. Eso significa que la vida espiritual es una continua búsqueda y visión de las cosas de Dios.

Desafortunadamente, la mayoría de nosotros pasa la vida buscando en todo tipo de lugares equivocados, y con frecuencia buscamos los bienes mundanos que nos seducen. Si tu ojo es tu problema, sácatelo. Atrévete a tomar ese desafío con urgencia espiritual. Si has estado buscando en lugares equivocados, si te has sentido intrigado y engañado por cosas equivocadas, debes estar dispuesto a eliminarlo de tu vida haciendo algo drástico para enfrentarlo. En los últimos años hemos perdido el sentido de urgencia en la vida espiritual. De alguna forma, la espiritualidad católica se ha vuelto ‘light’ o se considera demasiado fácil: ‘Dios es amor, Dios es mi amigo. Haga lo que haga, Dios me perdonará. No importa lo que haga, Él me perdona’. Ciertamente seremos perdonados cuando lo pidamos, pero la vida espiritual es la consumada y suprema aventura y, por lo tanto, es bastante exigente. En el lenguaje de San Pablo, un atleta está dispuesto a sacrificar todo tipo de cosas para ganar una corona perecedera, y ¿qué estamos dispuestos a sacrificar nosotros, a cortar de tajo de nuestras vidas con tal de obtener la vida eterna? Esa es la pregunta incómoda y difícil que
nos hace Nuestro Señor Jesús con sus desafiantes palabras. Oh, Señor, ayúdanos a tomar la firme decisión de seguir de cerca la huella de tus queridos pasos, y cortar con
todo aquello que nos aleja de tu camino de justicia y paz. Amén.

Diácono Jim McFadden

El diácono Jim McFadden sirve en la Iglesia Católica de San Juan Bautista en Folsom, California. Es maestro
de teología y presta sus servicios en la formación de fe para los adultos, en la preparación bautismal, la
dirección espiritual y el ministerio penitencial.

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By: Shalom Tidings Admin

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Ago 06, 2019
Contratar Ago 06, 2019

En una hermosa tarde en la clínica pediátrica, de vez en cuando entraban pequeños angelitos como si fuera un desfile. Sus sonrisas inocentes y las miradas de admiración de sus padres, se añadían al gozo que se vivía allí. Mi pequeño hijo de siete meses no se cansó de evocar sonrisas que entretenían perfectamente hasta aquellos hombres bigotudos. Por todas partes mis ojos se encontraban con sonrisas, incluyendo las de totales desconocidos. Sin embargo, detrás de la sonrisa que le dedicaba a mi pequeño hijo sentado en mi regazo, desfilaron por mi mente imágenes de cuando había entrado a esa misma clínica con mi hija unos años atrás.

Un aire de cambio

Todavía recuerdo que durante mi boda, le había pedido a Dios con todo mi corazón que nos permitiera tener hijos, y que nos diera la gracia de criarlos en santidad y poder hacer de ellos ¡grandes santos! Nuestra dicha no conoció límites cuando supimos que estaba embarazada, pero no tardé mucho en sentir algo extraño de que algo andaba mal. Mi peor pesadilla ocurrió como a las 27 semanas de embarazo, porque no sentía ningún movimiento del bebé. De inmediato fuimos al hospital y descubrimos que los latidos de su corazón estaban disminuyendo. En ese momento se ordenó proceder a una cesárea de emergencia, y nuestra prematura bebé fue puesta en una incubadora en donde luchaba por su vida. Tuve que ver a mi pequeñísima hija cubierta por los cuatro costados con cánulas, y cómo le insertaban por catéter cantidad de agujas para inyectarle medicinas o sacarle sangre cada hora. Cuando lloraba de dolor mi corazón se encogía, pero yo confiaba en Dios. Sabía que nada sucede sin su conocimiento, y que mi pequeñita estaba a salvo en Su Corazón misericordioso. Al cabo de 45 días en la Unidad de Cuidados Intensivos para Recién Nacidos, finalmente sucedió el milagro de tener a nuestra bebé en los brazos. Pensé que la tranquilidad regresaba a nuestra vida.

Zarandeados por las olas

Gradualmente, día con día, nuestra hija se iba fortaleciendo hasta que al cumplir los tres meses, los doctores le diagnosticaron microcefalia, una anomalía que consiste en un desarrollo insuficiente del cráneo causada por un daño cerebral. Conforme nos fueron dando los reportes, comprendimos que nuestra hija sufría de un daño cerebral severo que conducía a la parálisis cerebral y discapacidad intelectual. Después de haber dado a luz, fue cuando supimos que era un problema congénito con mi útero que era bicorne, es decir, un útero deforme en forma de corazón. En las palabras del doctor: “El útero está compartimentalizado en dos secciones, y no había espacio para que el bebé creciera; por eso fue la emergencia. Lo peor de todo, es que tus próximos bebés tendrán que extraerse alrededor de los siete meses de embarazo y colocados en incubadora en la Unidad de Cuidados Intensivos para Recién Nacidos.” El sólo hecho de imaginar que todo ese tiempo el bebé había estado luchando en mi vientre y que, peor tantito, por un defecto mío se había visto en tal calvario, me causó una angustia estrujante. Fue el periodo más oscuro de mi vida, y comencé a culparme de su condición. Mi corazón se rompía a pedazos cada vez que la veía tener extrañas convulsiones epilépticas. En tales condiciones no resultaba nada fácil esperar en la clínica pediátrica donde los pequeños niños brincaban por todos lados llenos de gozo, mientras mi pequeña hija sólo estaba tendida en mis piernas con la mirada ausente y fija en las paredes; ella no me veía ni sonreía. Aquellos felices padres miraban con curiosidad a mi pequeña niña, y algunos incluso me hicieron algunas preguntas. Cansada de estar esperando mi turno, me sentí aliviada cuando decidí regresar a casa.

La tormenta en todo su apogeo

Hasta entonces pensé que jamás tendría que confesar mis recelos, pero ahora, sólo de ver a un pequeño pajarillo brincando de aquí para allá mi mente solloza pensando que hasta un pequeño pájaro con un cerebro tan pequeño puede brincar y volar, pero mi bebé no puede hacer nada.

Sin embargo, con el tiempo la gracia de Dios me permitió apreciar su creación, agradecerle siempre por la perfección que me rodeaba y que podía ver, y a no quejarme por lo que le faltaba a mi hija. Para ese entonces, había concebido tres veces, pero había abortado cada una. Por ese entonces también me diagnosticaron poliquistosis ovárica, un trastorno que implicaba que no  me sería fácil volver a concebir. Comencé a odiar mi cuerpo y a mí misma. Esta es mi culpa. Si tan sólo hubiese nacido con un útero normal, hubiera tenido embarazos normales e hijos normales y sanos; mi
corazón anhelaba lo imposible.
Tenía un pequeño libro para rezar el Rosario cuya portada tenía una imagen de la Santísima Virgen María con el niño Jesús mirándola amorosamente, y la Santa Madre le correspondía al Hijo con una mirada de amor indescriptible. Jamás me quejé con Jesús, pero ante su Madre derramé mi corazón, incluso tomándome la libertad de decirle: “Tú tuviste a tu bebé Jesús que te miraba, te sonreía y hacía todo lo que un bebé normal hace. ¿Cómo entonces Madre, podrías comprender mi súplica?” “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” (Isaías 59,1)

Oración del corazón
Muchos me sugerían rezar pidiendo un milagro, y me ponían en la mano una estampa o un Rosario, y yo sólo atinaba a llorar en presencia del Señor, y si rezaba el Rosario en voz alta, aquello se convertía en un largo lamento de dolor, pero jamás me quejé con Dios; todo lo dejaba en sus manos. Claro que eso nunca fue fácil porque casi siempre me sentía muy agobiada. Cuando pedía en la oración una sanación milagrosa sentía una profunda tristeza, no porque mi fe estuviera menguando, sino por pensar que le estaba pidiendo a Dios corregir el regalo que nos había enviado, porque nuestra hija era ciertamente el regalo más valioso de Dios. Entonces no sabía por qué motivo rezar. Sentada ante Jesús expuesto en la Santa Eucaristía, lo miraba fijamente y pensaba, ‘¿En verdad sabes por lo que estoy pasando? ¿Realmente puedes verme aquí, Jesús?’

Una vez una amiga me dijo con mucha firmeza: “Nuestro Dios no está sentado en su trono en algún lugar del Cielo, desde donde casualmente te mira desde arriba y exclama, ‘¡Oh, no sabía que te pasaría esto!’ ¡No! Los ojos de Dios siempre están sobre ti. Él no se equivoca o comete errores de cálculo. Todo lo sabe.” Aquellas palabras realmente me ayudaron a CONFIAR en la misericordia y bondad de Dios, y aunque sentía que mi vida iba a la deriva como un barco atrapado en una gran tormenta en el que Jesús iba plácidamente dormido, no quería despertarlo.

En el ojo de la tormenta

En mi sueño, Jesús se dignaba ver mi angustia. En agosto del 2017, asistimos con mi pequeña hija a un retiro de un día en el Centro Mariano de Retiros, conducido por el Padre Dominic Valanmanal, un sacerdote con muchos dones. Aceptando plenamente mi condición y la enfermedad de mi hija, le dije a Jesús: “Si es tu voluntad, te pido que sanes a mi hija, pero si no es tu voluntad, la acepto con todo mi corazón, y sólo te suplico que me des un bebé sano…” Sabía que eso era imposible dada mi condición, pero también sabía que nada era imposible para Dios.
Al mes nos enteramos de que estaba embarazada de nuestro quinto bebé. Comprendí que la Fuente de Vida, y la insondable misericordia de Dios, había envuelto nuestras vidas durante aquél retiro. Inexplicablemente me sentía más serena, y en mi corazón no había ni rastro de temor.

“Estad quietos…”

Jesús había desaparecido mis temores como una nube. Me hicieron un ultrasonido y, por la gracia de Dios, el bebé estaba bien, y para nuestra mayor sorpresa, los doctores no encontraron rastro de un útero bicornio ni de ovarios policísticos. Los doctores estaban más sorprendidos que nosotros: ¡ni siquiera pudieron encontrar un pequeño doblez en mi útero! Por la misericordia de Dios, ¡llevé en mi vientre a nuestro bebé durante 39 semanas! ¡Dios nos bendijo con un pequeño niño sano que florecía en Su amor y misericordia! Después de la cesárea, lo primero que le pregunté a la doctora fue cómo estaba mi útero, y me dijo que mi útero estaba normal, con una sola cavidad entera (incluso me checó a fondo con la mano). Dios nos había bendecido con un bebé sano, y nos dio la esperanza de tener muchos más bebés sanos. Me había curado por completo. Eso es imposible para el hombre. No hay ninguna operación que hubiera podido cambiar mi condición, y sólo
existía un 1% de probabilidades de que mi útero cambiara por sí solo. ¡Para Dios todo es posible!

“Y conoced que Yo Soy Dios”

Ahora mi bebé me mira y sonríe, jamás se cansa de mirarme. Mi bebé quiere VERME siempre, y entonces pensé: ‘así como mi pequeño hijo me mira, así Dios siempre nos está mirando. Nos mira hastaen nuestros peores momentos, y aunque no sintamos su presencia y sus cuidados, especialmente cuando nos sentimos hundir bajo las olas de la desesperación en algunos momentos de la vida, y aunque nos cuestionemos la existencia de un Dios que nos mira desde el cielo, ¡real y verdaderamente
Dios está allí!
Hoy, mientras espero mi turno en la clínica pediátrica, gratamente divertida con las travesuras de mi pequeño, nadie sabe del ángel de cuatro años que me espera en casa que todavía no puede sentarse o pararse sin ayuda. No sé si algún día me dirá “mamá” o juegue conmigo como lo hacen los niños normales, pero a su modo me expresa su amor libre de toda mancha mundana. La sonrisa de nuestro pequeño hijo lleva alegría a nuestras vidas, pero la sonrisa de nuestra hija es la que más brilla y alegra grandemente nuestros corazones.

¡No teman!

Si Jesús pudo derribar todos nuestros temores y renovar toda nuestra vida, ¡también lo hará por ti! Deja todo en sus manos porque Él te ama. No importa cuál sea la situación por la que estés pasando, ¡Dios la conoce y sus ojos están puestos en ti! Sólo confía plenamente en su infinita misericordia, porque el camino a la paz no la encontraremos en reuniones encumbradas, en arsenales de armamento, o en la adquisición de bienes materiales; la paz en nuestra vida sólo la encontraremos confiando en la misericordia de Dios. “Señor Jesús, nos ofrecemos a ti, y te entregamos todas nuestras ansiedades, temores y nuestra pequeñez. Confiamos en esa Divina Misericordia que brota de tu Corazón colmado de amor. Sumérgenos, oh Señor, en el océano infinito de tu misericordia. Fortalece y renueva nuestras vidas para que, con tu gracia, enfrentemos valientemente las tormentas de la vida hasta que lleguemos a las playas eternas de la tierra prometida del Padre.” Amén.

 

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By: Reshma Thomas

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Ago 06, 2019
Contratar Ago 06, 2019

Aquella soleada y agradable mañana salí nuevamente como cada día rumbo a la Universidad de San Miguel en la India,
renombrada universidad de mi ciudad natal donde estaba estudiando. Poco sabía que sería un día inolvidable.
Las clases se interrumpieron abruptamente no mucho después de haber comenzado; el sindicato universitario había
declarado una “protesta” en respuesta a una decisión que había tomado el gobierno estatal. El rector declaró día libre
para los estudiantes universitarios. Los estudiantes activistas políticos salieron en bola hacia la calle atravesando los
límites del campus universitario, y comenzaron a bloquear el servicio público de transporte.
Mis compañeros de clases decidieron disfrutar el día libre y comenzaron a jugar cricket dentro del área universitaria y
yo me uní a ellos. Fue un acto de desobediencia de mi parte, porque mi padre me había instruido estrictamente salir
de la universidad lo antes posible en caso de una protesta.
Mientras disfrutábamos del juego, las cosas comenzaron a ponerse peores por todos lados. La protesta se tornó
violenta. Los estudiantes comenzaron a lanzar piedras contra los policías y éstos respondían a “macanazos”. Los
estudiantes regresaron al campus y desde allí siguieron lanzando piedras; la policía tenía prohibida la entrada al área
universitaria.
Con el paso del tiempo la situación se fue saliendo de control. Un par de oficiales policiacos tenían heridas graves.
Finalmente, la policía irrumpió en el área universitaria y los aterrados estudiantes comenzaron a correr por todas
partes. ¡No teníamos otra opción más que correr! Nosotros nos dirigimos al Seminario del “Sagrado Corazón” cerca de
la universidad, en donde las autoridades intentaron ayudarnos encerrándonos en un corredor, pero no fue suficiente.
Nos detuvieron y nos llevaron a la estación de policía. Se presentaron cargos y nos llevaron a la corte, y la corte
dictaminó prisión preventiva. Nos tomó cuatro días presentar una fianza, y dos años para que nos absolvieran de
todos los cargos. Durante ese tiempo, tuve que presentarme en la estación de policía cada semana para pasar lista, y
en la corte para escuchar audiencias casi una vez al mes.
Más tarde, cuando comencé mi camino con el SEÑOR, pude fácilmente relacionar aquel incidente con la manera en
que escuchaba y seguía al Señor. Todas las ocasiones en que le había puesto atención, habían llovido bendiciones
sobre mi vida; y las veces que no lo hice, fui víctima de una gran cantidad de tentaciones en las que finalmente había
caído. He aquí algunas de las lecciones que aprendí:

 La desobediencia siempre trae una etiqueta con precio: Cuando desobedecemos a Dios pagamos un precio
por ello. Al principio quizás nos liberemos de serias consecuencias, pero si continuamos desobedeciendo,
invariablemente terminaremos pagándolo. En mi caso, no era la primera vez que desobedecía a mi padre,
pero como no tuve ningún problema grave, seguí desobedeciendo hasta que terminé pagando un alto precio.

 No se trata de un castigo, sino de consecuencias naturales: “…sino que cada uno es probado por su propia
concupiscencia que le arrastra y le seduce." (Santiago 1,14). Mi padre jamás me castigó por desobedecer, sino
que intentaba evitar que me metiera en problemas. Todos los sufrimientos que padecí, fueron consecuencias
naturales de mi desobediencia. Asimismo, cuando desobedezco a Dios, los problemas que enfrento son
consecuencias naturales de mis actos, y no un castigo del cielo.

 La desobediencia lastima a otros: Mi acto de desobediencia no sólo me causó sufrimiento a mí, sino a toda mi
familia. Desde el segundo día en la prisión, me recuperé de la batalla inicial y comencé a ajustarme a la vida de
la prisión. Las autoridades nos habían puesto en un solo corredor, y pasados dos días nos permitieron jugar
juegos de mesa. Comenzamos a disfrutar la vida de la cárcel, pero en casa mis padres y mis hermanos sufrían
profundamente hasta que regresé a casa. De igual manera, cuando nos alejamos de Dios por desobedecerle,
nos adaptamos rápidamente a nuestra dolorosa y penosa situación, pero el cielo estará inquieto hasta que
regresemos.
Oración:
“Abba, Padre, deseo obedecerte en todos y cada uno de los momentos de mi vida, pero muchas veces no escucho tus
palabras y fracaso. Estoy muy arrepentido, Señor, de haberte causado tanto dolor. Te pido que derrames abundantes
gracias sobre mí para que jamás vuelva a herirte. Amén.”

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By: Antony Kalapurackal

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Ago 06, 2019
Contratar Ago 06, 2019

¿Te sientes aislada(o) y desesperada(o)? ¡Ánimo, porque nunca estás sola(o)!

Hace como seis años, nuestra hija de en medio, Sarah, nació sorpresivamente con una condición extraña craneofacial llamada síndrome Apert, que requiere de 20 a 60 cirugías a lo largo de toda una vida. Hasta ese día, mi esposo, Ben, y yo habíamos participado activamente en la comunidad parroquial, y teníamos muchos y diferentes círculos sociales. Sin embargo, después de aquel día, la mayoría de la gente dejó de invitarnos a los eventos y reuniones. Me dolió; me sentí abandonada y me di cuenta del vacío infinito de oscura soledad. No era que no me aferrara a mi fe; al contrario, le lloraba a Dios mucho más, pero seguía sintiendo que las personas más cercanas a nosotros deberían haber sido los que estuviesen a nuestro lado cuando más los necesitábamos y, sin
embargo, nos abandonaron sin habernos preguntado cómo estábamos, sin que pasara nadie a una rápida visita, ni siquiera nos enviaron algún mensaje.

Desde ese tiempo he reflexionado la universalidad de la soledad y por qué es algo tan generalizado en nuestro mundo. Casi todos los días leo sobre un nuevo suicidio –en ocasiones de niños pequeños no mayores al mío que va en segundo grado- o de otra persona que ha caído en el pozo de la desesperanza. Al parecer, ahora más que nunca estamos buscando conexiones humanas, pero lo estamos haciendo a través de canales difíciles como los medios sociales y otros medios digitales.
Santa Teresa de Calcuta, muy famosa en su época, afirmó que una de las grandes pobrezas es la soledad. ¿Qué cura un vacío tan devastador? Con frecuencia pienso en Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando todos sus amados amigos se quedaron dormidos en su hora de mayor necesidad. Él rezó, como lo hacemos todos casi siempre, pidiéndole a su Padre celestial que apartara de Él el amargo cáliz del sufrimiento. El Padre respondió a su plegaria, pero no de la manera en que Él lo deseaba inicialmente. En vez de apartarlo del sufrimiento y la soledad, Dios le envió a un ángel de consuelo para acompañar a Jesús a lo largo de su Pasión. También recuerdo que mis horas más terribles de soledad se han visto compensadas con pequeños consuelos diarios. A veces me ha resultado difícil reconocerlos, especialmente cuando me he sentido muy desanimada por el peso de las citas médicas diarias, por estar ocupada en canalizar los arrebatos emocionales de Sarah y sus retrasos de desarrollo hacia un comportamiento constructivo, o por estar interviniendo en las peleas entre nuestros hijos, pero los consuelos abundan.

No hace mucho me encontraba agonizando en soledad. En términos generales, me sentía incomprendida por la gente y sin saber con quién platicar. Tenía cita con el médico, pero esta vez tenía que llevar conmigo a todos mis hijos. Temiendo que pudiera suceder lo de la vez pasada, desesperadamente le supliqué a Nuestra Señora que nos acompañara a mí y a las niñas para que todo saliera bien y no como la ocasión anterior que, mientras esperábamos en la clínica, Verónica hizo un santo berrinche como de 20 minutos. Nuestra Señora escuchó mi oración y de regreso a casa, respiré profundamente varias veces percatándome de que a cada exhalación me salían alabanzas de agradecimiento a Dios por esta pequeña y aparente insignificante ayuda celestial.

La soledad, pese a lo que podamos pensar, no se sana necesariamente con el bálsamo de la actividad, si bien es cierto que estamos diseñados para vivir en comunidad y necesitamos la conexión humana. Lo que en primera instancia puede atemperar la tristeza y el peso de la soledad es estar a solas con Dios. Muchas veces pienso en aquel relato de Elías en el Antiguo Testamento, en donde se le instruye salir y buscar a Dios, y Elías no lo encuentra ni en el violento huracán, ni en el terremoto, ni en el rayo, sino que lo encuentra en el murmullo de una suave brisa.
Del mismo modo, no podemos escuchar a Dios si estamos inmersos en el ruido y el alboroto que por lo general nos rodea. La soledad se distingue en dos vertientes: estar sin compañía humana, o sentirse solo y vacío interiormente. Las almas debemos buscar a Dios en la soledad del espacio sagrado y con el tiempo necesario, porque sólo Él nos puede brindar una verdadera paz interior perdurable.

Estar físicamente a solas sana la soledad interior. Yo me doy cuenta de que cuando me alejo de Dios, es cuando me siento más sola, pero cuando busco tiempo para estar con Él en silencio y oración, cuando lo busco de todo corazón, Dios me llena de consuelos y de amor haciendo desaparecer el vacío interior. No tengo ya necesidad de buscar consuelos y palabras humanas para calmar mi corazón herido, porque Dios sana con infinita ternura y amor el corazón herido y renueva mi espíritu para llevar con más fortaleza y esperanza la cruz que Él se ha dignado darme.

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By: Jeannie Ewing

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Feb 06, 2019
Contratar Feb 06, 2019

¡No te metas con este rostro!

El año 2017 marca el centenario de las apariciones de la Santísima Virgen María a tres niños pequeños en Fátima. La más pequeña de las tres, Jacinta de seis años, murió pocos años después de las apariciones, pero pasó lo que le quedó de vida en la tierra ofreciendo sacrificios en reparación de los pecados. El 13 de mayo del 2017, el Papa Francisco canonizó a Jacinta y a su hermano Francisco en Fátima.

Santa Jacinta tenía un espíritu determinado e indomable y un corazón abierto a los pecadores, especialmente para los más alejados del amor de Dios, los que estaban muy cerca de la condenación. Se había horrorizado cuando Nuestra Señora le concedió -a ella y a los demás niños- tener una visión muy real del infierno que resultó totalmente desgarradora, terrorífica y cruel.

Después de esta visión del infierno, Jacinta se sentaba en una piedra o en algún hundimiento del suelo exclamando: “¡Oh, infierno, infierno! ¡Cuánto lamento que esas almas vayan al infierno! ¡Y la gente allá abajo, quemándose vivas como maderos en el fuego!”. Después caía de rodillas y rezaba la oración que Nuestra Señora les había enseñado: “¡Oh, Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno! Lleva a todas las almas al cielo, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.”

Durante una aparición privada, María le dijo a Jacinta: “la mayoría de las almas que terminan en el infierno son por los pecados de impureza…si la gente supiera lo que es la eternidad, seguramente harían todo lo que estuviera en su poder para cambiar sus vidas…”

Por esa razón la pequeña Jacinta se decidió a evitar que fueran al infierno tantas almas como fuera posible. Esa podría ser la razón por la cual su fotografía ha demostrado ser un freno para los demonios, como lo atestiguó un exorcista. Los demonios odian que se les recuerde las muchas almas que ella ha ayudado a liberar de su atadura. Me parece que la representación del día que aparece en sus fotografías, sería una clara señal para los demonios de que ella está determinada a seguir trabajando.

Pienso que Jacinta nos exhorta a todos a tomar una postura seria a la hora de hacer nuestros ofrecimientos, a mostrarnos más agradecidos por el don de recibir a Cristo en la Eucaristía, y a utilizar de mejor manera nuestro tiempo y nuestra vida; después de todo, ella pudo ofrecer mucho en el corto tiempo que vivió en la tierra. Por eso me encanta compartir con mis pequeñitos, historias de esta querida Santa.

Una historia que me gusta mucho particularmente, es la relacionada con la Hermana Lucía porque revela la belleza y sabiduría de Santa Jacinta, la santa más pequeña que no sufrió el martirio.

Una mañana Jacinta le rogó a Lucía que la dejara acompañarla a la misa diaria. “No vengas a misa,” le aconsejó Lucía, porque Jacinta estaba muy enferma. “Es demasiado para ti. Además, hoy no es domingo.”

“Eso no importa. Quiero ir en lugar de los pecadores quienes ni siquiera van los domingos…Mira Lucía, tú sabes que Nuestro Señor está muy triste, y Nuestra Señora nos pidió que ya no siguiéramos ofendiéndolo porque ya estaba muy ofendido, pero nadie hace caso de eso y siguen cometiendo los mismos pecados.”

Pero a Jacinta se le había dicho que no estaba lo suficientemente fuerte para asistir a misa, así que Lucía la visitaba casi a diario al salir de misa. Jacinta siempre se sentía feliz de ver a su prima y le preguntaba: “Lucía, hoy recibiste la Comunión?”

“Sí, Jacinta.”

“Entonces ven junto a mi porque tienes al Señor en tu corazón. No sé cómo sucede, pero siento a Nuestro Señor en ti y comprendo lo que Él dice aunque no lo pueda ver o escuchar. ¡Es tan hermoso estar con Él!”

Me encanta el diálogo que tuvieron Jacinta y Lucía, después de que Jacinta había recibido directamente de Nuestra Señora la noticia de su inminente muerte.

“Lucía, Nuestra Señora me dijo que me voy a ir a otro hospital en Lisboa, y que no te volveré a ver a ti ni a mis padres, y que después de sufrir mucho, voy a morir sola. Me dijo que no debo tener miedo porque ella vendrá por mí para llevarme al cielo.” Buscando consuelo en Lucía, extendió sus brazos llorando, “¡no te volveré a ver! Reza mucho por mí porque voy a morir sola.”

Jacinta parecía muy angustiada con la idea de encontrarse sola al final. Un día Lucía la escuchó lamentándose de su suerte mientras abrazaba una imagen de Nuestra Señora, “Mi querida y hermosa Madre: entonces, ¿voy a morir sola?

Lucía le preguntó: “¿Por qué te entristece la idea de morir sola? ¿Qué te preocupa si Nuestra Señora va a venir por ti?”

Esa podría ser la razón por la cual

su fotografía ha demostrado ser

un freno para los demonios,

como lo atestiguó un exorcista.

“Es verdad, no me importa. No sé por qué, pero a veces se me olvida que ella vendrá por mí.” El propio corazón de Lucía estaba lleno de tristeza. “Ánimo, Jacinta. Sólo tienes que esperar un poquito más antes de ir al cielo. En cuanto a mí…” Se sentía muy triste al saber que viviría mucho tiempo en la tierra sin su pequeña prima.

“Pobre de ti. No llores, Lucía. En el cielo rezaré mucho por ti. Vas a quedarte aquí, pero eso es lo que quiere Nuestra Señora.”

“Jacinta, ¿qué vas a hacer en el cielo?”

“Voy a amar mucho a Jesús y al Corazón Inmaculado de María, y voy a rezar mucho por ti, por el Santo Padre, por mis papás, mis hermanos, por los pecadores y por todos los que me pidan oración. Me encanta sufrir por amor a Nuestro Señor y Nuestra Señora. Ellos aman a los que sufren por la conversión de los pecadores.”

¡Qué pequeña alma tan increíble! Al final de su vida, Jacinta tuvo que soportar mucho sufrimiento. Los médicos tuvieron que intervenirla para quitarle dos costillas, en un esfuerzo por salvarle la vida por una infección que le había causado una gran inflamación. Jacinta abiertamente le había dicho al doctor que ella moriría pronto, y que la cirugía no iba a hacer ninguna diferencia; sin embargo, la aceptó porque estaba determinada a ofrecer todo el sufrimiento posible antes de morir. Cuando llegó el momento de la intervención, se encontraba muy débil para la anestesia con gas, por lo que le aplicaron sólo anestesia local que resultó ineficaz. Jacinta sintió todo lo que le hicieron, lo cual le causó una enorme agonía que ella ofreció por los pecadores.

Cuando pienso en sus ofrecimientos, me siento casi avergonzada de pensar en todas las ocasiones que me he quejado de pequeños inconvenientes, de tantas oportunidades perdidas de dar como ella dio, de amar como ella amó. Con todo, Dios es bueno y sé que puedo ofrecerlo ahora, y esperar los problemas del mañana con un espíritu determinado, con alegría y un celo renovado por las almas.

 

Al final, la profecía de Jacinta de que moriría sola se cumplió. Mientras muchos doctores y familiares pensaban que su salud se iba mejorando, no estuvieron con ella la noche en que falleció. Su cuerpo fue exhumado dos veces: en 1935 y en 1951, y encontraron que su cuerpo estaba incorrupto (una entre tantos otros que forman parte de nuestra increíble fe católica). Jacinta está enterrada en la Basílica de Nuestra Señora de Fátima en Portugal, en donde el Papa Francisco con una multitud de fieles que agotaron todas las peregrinaciones, celebraron el Centenario de las apariciones de Nuestra Señora, honrando la vida de los heroicos niños de Fátima.

 

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By: Carissa Douglas

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Feb 06, 2019
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Q.Batallo mucho con sentimientos de culpa y vergüenza. ¿Qué debo hacer?

A.En primer lugar te felicito por lograr identificar tus sentimientos y por querer hacer algo para vivir en paz. Si bien es cierto que en ocasiones la experiencia de sentir vergüenza puede resultar muy debilitante, también los sentimientos de culpa y vergüenza pueden ser cosas muy buenas.

Recientemente el Papa Francisco señalaba que la experiencia de sentir vergüenza puede revelar una profunda verdad sobre nuestra humanidad; incluso la llamó: “la virtud de la vergüenza,” diciendo: “la vergüenza es una virtud cristiana verdadera, e incluso es humano el hecho de sentirse avergonzado…En nuestro país, a los que jamás se avergüenzan se les llama ‘sin vergüenza’, es decir, ‘desvergonzados,’ porque son personas que no tienen la capacidad de tener vergüenza, y estar avergonzado es una virtud de los humildes.”

A este punto ya me parece estar escuchando las bromas que se hacen sobre los católicos y la culpabilidad. No sé si pueda nombrar una película o un show de TV en el que no se proyecte a católicos, y que el concepto de “culpabilidad católica” no esté de alguna manera entretejido en la historia.

Mi madre siempre dice, “¿qué tiene que ver lo católico con la culpa? ¡Es culpa y ya! Si he hecho algo malo, tengo que sentirme culpable ¿o no? ¿Cómo se le llama a una persona que hace algo malo y no siente culpa o vergüenza? Se le dice “sociópata,” y su comportamiento se califica como desordenado.

UN INDICADOR NECESARIO

El hecho de sentir culpa cuando hemos hecho algo malo, nos está indicando que algo está funcionando bien y no que algo ha salido mal. En este sentido, la culpa sería el equivalente a sentir dolor cuando tocas algo caliente: te está indicando que dejes de hacer lo que estás haciendo, pero es importante subrayar que el dolor no es lo que me está quemando sino el calor. De igual manera, no es la culpa lo que duele sino el pecado.

El querer evitar sentirse mal por haber hecho algo malo es normal; lo que hice no fue bueno, pero tampoco fuimos creados para sentirnos miserables. Cristo vino a darnos vida, y vida en abundancia, ofreciéndonos un gozo mucho mayor del que pudiéramos encontrar en ningún lugar.

¿Qué hacemos, pues, con los sentimientos de culpabilidad y vergüenza? ¿Cómo podemos cambiarlos a sentimientos de alegría? Creo que sería útil ver cuál es la diferencia entre “culpa” y “vergüenza,” porque, aunque son similares, no son iguales, y la forma de enfrentarlos tampoco será la misma.

Escuchando una entrevista con dos orientadores, ellos planteaban la necesidad de comprender cabalmente las diferencias que hay entre culpa y vergüenza, con las siguientes definiciones:

La culpa, dijeron ellos, es cuando uno está consciente de que violó objetivamente alguna norma. Por ejemplo, saber que mentir es algo malo, y de todas formas acabar haciéndolo, lo cual me hace sentir culpable porque violé la norma de la honestidad.

Ahora bien; existe culpa verdadera y culpa falsa. La culpa falsa surge cuando uno se aferra a una norma falsa. Es decir, si una norma correcta nos dice que hay que ser una persona de oración, y ciertas personas se sienten culpables por no “disfrutar” de la oración, se están aferrando a una norma falsa.

Hay algunas maneras en las que, por lo general, respondemos a la culpa: discutiendo la norma en sí y negando que algo sea realmente malo; utilizando la distracción para evitar enfrentarnos con nuestro pecado, o admitir que nos equivocamos y confesar nuestro pecado; arrepentirnos.

ALGO QUE ESCONDER

Por otro lado, la vergüenza es un asunto más relacional. Sentir vergüenza es estar consciente de que fallamos a los ojos del “otro”, y ese “otro” puede ser el prójimo, Dios, o incluso, yo mismo; de allí que las principales respuestas a este sentimiento son la auto justificación o el ocultamiento, y exigimos que los otros perdonen nuestros actos o que no nos miren, porque ciertamente no queremos que “nos vean” los que conocen nuestras fallas.

Con la vergüenza, así como con la culpa, también existe la verdadera vergüenza y la vergüenza “tóxica,” siendo esta última aquella que no refleja de manera exacta una realidad. Por ejemplo, la vergüenza es tóxica si yo me imagino que Dios me considera simplemente como un fastidio (o algo peor).

Recientemente hablaba con una persona que constantemente se considera un “monstruo,” por una herida particular con la que batalla mucho. A esta mujer se le hace muy difícil acercarse con cierta alegría al Dios que tanto la ama. La vergüenza que ella siente no se basa en la realidad, sino en un pecado que ha llegado a empañar a tal grado la concepción que tiene de sí misma, que cree que ella es su pecado.

¿Cuál es la mejor respuesta a la vergüenza? Si la vergüenza me inclina a justificarme o esconderme, la mejor respuesta es optar por la humildad y acercarme a la mirada luminosa de Dios, y el camino más seguro es acudir a la confesión. El Papa Francisco lo plantea de esta forma: “La confesión es un encuentro con Jesús quien nos espera tal y como somos…Por eso hay que tener confianza de que si pecamos, tenemos un abogado ante el Padre, ‘Jesucristo el Justo’, quien nos justifica ante el Padre y nos defiende ante nuestras debilidades, pero necesitas acudir al Señor y entregarle ‘verdaderamente tus pecados’, con plena confianza, incluso con alegría.’”

Es posible salir del entramado de la culpabilidad y la vergüenza, pero eso siempre dependerá de que tengas la disposición de decir la verdad sobre tus culpas y des un paso hacia la luz y el amor de Dios.

Fue el orgullo lo que hizo que los ángeles

se convirtieran en demonios;

es la humildad lo que hace que los hombres

sean como ángeles.

-SAN AGUSTÍN DE HIPONA

 

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By: PADRE MICHAEL SCHMITZ

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Feb 06, 2019
Contratar Feb 06, 2019

La vida es dura y muchas veces nos enfrentamos a situaciones difíciles. Cuando nos sentimos abrumados o confundidos y no sabemos cómo proceder en un asunto particular, a veces necesitamos un mapa de rutas. Para los cristianos, los mapas se constituyen por la Biblia y las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica. Sin embargo, ambos podrían resultar desalentadores cuando nuestro tiempo es limitado, sin mencionar la complejidad y el tamaño de ambos, haciéndose difícil utilizar estos grandes tesoros. La mayoría necesitamos ir haciendo apuntes mientras para navegamos en ellos, especialmente cuando el tiempo es clave y tenemos que decidir de inmediato. Por lo general, nuestros asuntos tienen que ver con la modernidad, como los que surgen de la tecnología, por lo que no siempre obtenemos respuestas claras y tajantes, sino que han de ser inferidas o investigadas, tarea engañosa que normalmente requiere algo de entrenamiento en estas fuentes. Muchas veces las respuestas a las preguntas tienen que esperar resolución del Magisterio, lo cual retarda aún más una respuesta específica. La buena noticia es que Jesús nos proporciona una piedra angular o clave para poder tomar todo tipo de decisiones y juzgar cualquier acción.

Cuando Jesús ejercía su ministerio, se le preguntó cuál era el primero de los mandamientos de la Ley (Marcos 12,28-34; Mateo 22,34-46; y Lucas 10,25-37). Más tarde, el judaísmo rabínico articularía un total de 613 leyes de la Tora o Pentateuco. La respuesta que dio Jesús no sólo lo reafirmó como un verdadero Maestro y Doctor de la Ley, sino que también nos proporcionó un referente mediante el cual podemos juzgar todas las acciones y decisiones: nuestro mapa de rutas que destila la Tora hasta su esencia misma. Jesús respondió a la pregunta, citando el texto que probablemente era el más conocido por los judíos del primer siglo –y por los de la actualidad- pero le añadió un texto menos conocido de la Torá, y los combinó de tal forma, que su autoridad y divinidad quedaron presupuestas.

Jesús responde a la pregunta citando en primer lugar el “Shema” del Deuteronomio 6, 4-5. Los estudiosos generalmente están de acuerdo en el Evangelio de Marcos 12,29, el más antiguo, en el que Jesús responde:      El primero es: <<Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor>>» y luego cita el resto del Shema:     «y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» (Deuteronomio 6,5 y Marcos 12,30). Jesús explica que este es el mayor mandamiento, el más importante (Marcos 12,28-29 y Mateo 22,40). El “Shema”, que en hebreo significa “¡escucha!” y que se refiere a la primera palabra hebrea de la declaración que ordena a Israel a escuchar, era -y sigue siendo actualmente- la clásica declaración de fe monoteísta de los judíos.

Después de esto, Jesús explica que hay un segundo mandamiento, y cita el Levítico 19,18: «No te vengarás ni guardarás rencor contra tus paisanos, sino que más bien amarás a tu prójimo como a ti mismo, pues Yo soy Yavé.» En Mateo 22,39-40 Jesús dijo: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Marcos 12,31 añade: «No hay ningún mandamiento más importante que éstos.» 

Simplificando toda la ley hasta su esencia, lo que resalta, y que es más relevante para nuestro propósito, es que Jesús está señalando lo único principal: el amor. Ambos textos de la Tora utilizan la raíz hebrea “ahavah.”  No es coincidencia que Jesús señale este concepto porque, después de todo, el Nuevo Testamento dice explícitamente que: “Dios es amor” (1 Juan 4,8b). El amor cubre toda la ley o es la esencia de la ley, y Dios es amor. Muchos, como el moderno místico fraile franciscano Richard Rohr, en su reciente libro “The Divine Dance: The Trinity and Your Transformation” (La danza divina: la Trinidad y tu transformación), sugiere que el lenguaje propio de Dios es el amor, y que la Trinidad existe en el amor. Por lo tanto, a final de cuentas el amor es la esencia de todo, y es precisamente lo que dice Jesús que es más importante: amar a Dios y a la humanidad. ¿Para los cristianos podría haber una autoridad mayor que Jesús? Y todo esto va de la mano con lo que afirma San Pablo, el Apóstol de los gentiles, en Gálatas 5,14: “Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (cf. Romanos 13,9 y Santiago 2,8). En la Primera Carta de Pedro 4, 8-10 también leemos: «Sobre todo ámense de verdad unos a otros, pues el amor hace perdonar una multitud de pecados.» 

El amor, o “ahavah”, está en el centro de la vida cristiana porque “ahavah” es la naturaleza misma de Dios     (1 Juan 4, 8b) y no sería erróneo asumir que lo que nos mantiene unidos a todos es el amor. Otro místico moderno de la fe, el finado monje benedictino Bede Griffiths, en “The Golden String” (El cordón de oro) afirmó elocuentemente: “…porque el amor puede darnos un tipo de conocimiento que trasciende tanto la fe como la razón. A final de cuentas, el divino misterio es un misterio de amor…” La enseñanza de Jesús sobre “ahavah” también proporciona un esquema mediante el cual se pueden juzgar todas las acciones y decisiones: uno de amor.

Siempre debes preguntarte: “¿mi actuación o decisión reflejará el amor a Dios o al prójimo? Quizás te preguntes qué significa amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Para los principiantes, el dedicarle tiempo a Dios y abstenerse de todo lo que nos separa de Él, es una forma de demostrarle amor a Dios. Quizás también te preguntes: ¿cómo puedo amar a mi prójimo como a mí mismo? Ante todo, buscando el bienestar y lo mejor para el otro, incluso a expensas de ti mismo.

San Juan Pablo II nos recuerda que una verdadera vida consiste en entregarla. Thomas Merton escribió: “El amor puro y desinteresado no vive de lo que obtiene sino de lo que da. Se incrementa vaciándose de sí por los demás, crece mediante el auto sacrificio y se convierte en poderoso negándose a sí mismo.” Esto resulta paradójico y contradictorio. Como sucede con muchas de las enseñanzas de Jesús y los Evangelios, pone nuestros conceptos de cabeza. Sin embargo, cuando nos entregamos por completo o morimos a nosotros mismos, encontramos la verdadera libertad y la vida. El morir a uno mismo desechando el ego o “el falso yo”, es lo que significa estar en Cristo. En Gálatas 2,20 leemos: «…y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.» 

Podrías preguntarte cómo aplicar “ahavah” en la práctica. Quizás te preguntes: ‘¿Debo perdonar a la persona que me hizo algo tan horrible, que realmente me hirió a mí o a los míos, y que me causó tanto sufrimiento?’ Según el principio de “ahavah” (amar) a Dios y al prójimo, un inequívoco “si” es la respuesta, ya que el amar al prójimo implicaría perdonarlo. No habría “ahavah” si no perdonamos; al contrario, te dañaría a ti y potencialmente a tu prójimo. Éste es un claro lineamiento de las enseñanzas de Jesús a lo largo de todo su ministerio, indicando de forma específica que, para nuestro bienestar eterno, es imperativo que nos perdonemos unos a otros (Mateo 6,15 y 18,35). Descubrirás que el principio de la enseñanza de Jesús sobre “ahavah”, es coherente con toda la Escritura y produce bienestar a los demás y a nosotros. Su origen divino resume, y es el pináculo de la ley, una enseñanza fácil y sencilla de recordar y, por lo tanto, es un referente muy útil.

Pongamos otro ejemplo: digamos que un padre de familia está intentando averiguar cuánto tiempo debe permitir que su hijo use el iPad diariamente. Por razones obvias, la Escritura y el Catecismo no dirán nada sobre este moderno dilema. Sin embargo, sería importante saberlo por el bien y sano crecimiento del niño. El resumen que hace Jesús de la ley y su señalamiento sobre el “ahavah” a Dios y al prójimo, proporcionan, de hecho, la clave. En este caso, podrías preguntarte y reflexionar cuánto amas a tu prójimo, a tu propio hijo. ¿Cómo podrías demostrar más “ahavah” por tu hijo, que lo que resulte más conveniente para ti?

 

EL AMOR, PARA QUE SEA REAL,

DEBE COSTAR, DEBE DOLER,

DEBE VACIARNOS DEL YO.

SANTA TERESA DE CALCUTTA

Amar al hijo sería permitirle sólo unos minutos al día en el iPad. De esa forma, el hijo aprendería a cultivar otros hábitos como la lectura, la socialización o los juegos a la intemperie disfrutando de la naturaleza.

Cada caso será diferente y siempre se recomienda orar, pero el resumen que hizo Jesús de la ley, nos da la clave para juzgar todas las decisiones y acciones. Es un lineamiento que nos ayuda a buscar el amor a Dios y al prójimo, y no el personal. Con los asuntos que se nos vayan presentando día con día en nuestra vida, podemos de forma sencilla y rápida confiar en este principio y preguntarnos qué situación o decisión mostraría más amor a Dios o al prójimo. En este ejemplo, y en otros casos, siempre que demostremos amor al prójimo, sabremos que el amor de Dios está presente, y viceversa.

San Pablo, en Gálatas 5,14, nos dice: «Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.» Jesús señaló que este principio es la esencia del seguimiento a Dios. “Ahavah” es el núcleo de la vida misma porque es el núcleo de Dios, de allí que debería ser nuestro mapa de rutas en todos nuestros asuntos.     Considero pertinente finalizar con un texto sobre “ahavah” que sería bueno que memorizáramos y comenzáramos a usar. Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante de la ley, Él respondió: El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ El segundo es éste, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’ No hay ningún mandamiento más importante que éstos.” (Marcos 12,29-31)

Verdaderamente, todo se reduce a “ahavah.”

 

 

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By: James S.Anderson

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Feb 06, 2019
Contratar Feb 06, 2019

No amo mi sufrimiento. Los santos se abrazaron al suyo, incluso lo pidieron y se ganaron coronas, y aquí estoy yo evitando todo el dolor posible, aunque sigo ofreciendo todo lo que puedo porque sé que es una garantía para llegar al cielo. Sin embargo, me parece que he encontrado un camino a la santidad (sugerida por los santos y un sacerdote, quitándole aquello de querer sufrir por amor) y es que si logro apreciar todo lo que me viene a través del sufrimiento -y otras bendiciones que el sufrimiento siempre nos revela- entonces podré cosechar beneficios. Por lo tanto, la gratitud podría ser la cucharada de azúcar que ayude a digerir la medicina.

La Madre Teresa de Calcuta sabía muy bien esto cuando afirmó: “La gratitud a Dios es aceptarlo todo, incluso los problemas, con alegría.” Ella no dijo que teníamos que amar los problemas en sí mismos, sino aceptarlos con alegría. Hace muchos años, un amigo me enseñó esto después de haber perdido a su hijo y de haber compartido su historia en el libro “Amazing Grace for Families” (Increíble gracia para las familias). Después de la muerte de su amado hijo Josh, Steve Cates se sintió muy enojado con Dios. Su esposa Cathy le dijo: “Steve, no podemos estar enfadados con Dios. Piensa en el regalo que nos dio durante veintiséis años. Hemos hablado de todas las cosas buenas de Josh. Mira lo que hemos tenido.” En un instante, las palabras de Cathy atravesaron su sentimiento de enojo. Cathy continuó diciendo: “Dios no quiere que seamos agradecidos por todas las cosas; Él quiere que seamos agradecidos en todo. Sólo así podrás mirar hacia arriba, en vez de mirar hacia abajo.”

El santo Padre Pío aceptaba alegremente su propio sufrimiento, pero cuando la gente acudía a él diciéndole que querían añadir sufrimiento a sus vidas, él los instaba a parar eso explicándoles que Dios les enviaría todo el sufrimiento que necesitaran y que sólo tenían que responder con alegría y aceptación. La gratitud es una forma de estar alegres en medio de las dificultades, y me parece que ésta es una gracia de dos pasos: el primero, es ofrecer el sufrimiento que, unido a la cruz de Cristo, es capaz de responder nuestras oraciones y acercarnos más a Dios. El segundo, es dar gracias por todo. Aunque yo nunca he dicho ‘gracias por mi sufrimiento’, reconozco que hay infinidad de maneras de apreciar lo que se tiene cuando llega el sufrimiento, como el hecho de tener un techo sobre mi cabeza, comida en mi alacena, mi fe católica y las gracias que recibiré por mis sufrimientos.

ROSARIO DE GRATITUD

Durante una pasada Cuaresma, el Padre Russ Kovash, pastor de San José en Williston, Dakota del Norte, celebró un retiro llamado: “La gratitud es la virtud que nos cambia.” El Padre compartió cómo la gratitud había cambiado su vida a tal grado, que ahora agradecía a Dios por aquello de lo que solía quejarse. La transformación le había llegado ocho años atrás con el “rosario de gratitud” que le había enseñado su amiga Patty Schneier, y que a su vez se lo había recomendado un director espiritual. “Ahora no me voy a dormir sin haberlo rezado,” dijo el pastor.

La oración es muy sencilla y se realiza mediante un Rosario. Se le da gracias a Dios por cualquier cosa, desde las bendiciones más pequeñas hasta las más grandes, en cada una de las cuentas de las cinco décadas del Rosario. “Cuando nuestro corazón está lleno de gratitud,” dijo el Padre Kovash, “se producen tres frutos: sentimos una paz profunda y permanente, estamos más conscientes de las increíbles bendiciones de Dios en nuestra vida, y la mezcla de esos dos frutos dan como resultado el deseo apasionado de hacer la voluntad de Dios y construir su Reino.”

El Padre Kovash explicó que la gratitud no sólo es buena para nosotros, sino que de hecho forma parte de las exigencias de Dios. Muchos pasajes de la Escritura nos dicen que Dios nos obliga a estar agradecidos con Él, por ejemplo, 1 Tesalonicenses 5,18 afirma: «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros.» El Padre Kovash también recordó que en la oración Eucarística que con frecuencia repetimos durante la misa, decimos: “Demos gracias al Señor, Nuestro Dios. Es justo y necesario.”

Según el Padre Kovash, rezar el Rosario de gratitud cambia toda la vida: “Ha habido muchos frutos. El simple hecho de ser consciente de lo ridículamente bueno que ha sido Dios en mi vida, me ha producido una inconmovible y profunda paz que ha dado paso a la alegría. Hoy le agradezco a Dios todas las bendiciones que hace ocho años ni siquiera le agradecía, o de las que quizás incluso me quejaba.”

 

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By: Patti Maguire Armstrong

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Feb 05, 2019
Contratar Feb 05, 2019

Cuando doy pláticas de evangelización, puedo sentir gran energía en la clase a la hora de repasar los documentos de la Iglesia sobre la evangelización. Evangelii nuntiandi, Evangelii gaudium, y una gran cantidad de citas de papas, pensadores, santos y ateos, hacen que la gente se emocione y se sienta lista para salir a las calles a vivir y predicar el Evangelio. Es fantástico ver cómo los líderes católicos se entusiasman, pero no pocas veces ese entusiasmo se desvanece a la hora de compartir estadísticas actuales. Datos duros en blanco y negro no hacen más que confirmar los presentimientos y experiencias que ha tenido la gente sobre la dramática pérdida de fieles en nuestras iglesias.

Entre las estadísticas, hay una que me rompe el corazón más que ninguna otra. Entre los cristianos, los jóvenes católicos son los menos dados a orar diariamente, y digo que me rompe el corazón porque tenemos una rica y vasta tradición en cuanto a la oración personal, la contemplación y el misticismo. Conozco a muchos evangélicos que cuando comienzan a zambullirse profundamente en la oración personal, buscan escritores y guías espirituales católicos de la talla de Thomás Merton, Richard Rohr, O.F.M., Sta. Teresa de Ávila, Sn. Juan de la Cruz, Maestro Eckhart, Tomás de Kempis y Juliana de Norwich. Grandes escritores espirituales y místicos que forman parte de nuestro tesoro y que mis amigos evangélicos descubren con gran deleite mientras que muchos católicos continúan ignorando.

La segunda estadística preocupante, es que la Iglesia Católica tiene la mayor tasa de deserción entre las iglesias cristianas. Peor aún, entre los que aún se identifican como católicos, más que ex católicos, sólo el 16% está realmente involucrado en sus parroquias. Sólo nuestros amigos episcopales tienen una tasa menor de alto involucramiento con el 13%.

La tercera estadística –aunque parezca contradictorio- es que la asistencia a misa no es igual a la asistencia a misa, y esto se refiere al hecho de que llevar a tus hijos a la iglesia los domingos no garantiza de ninguna forma que seguirán asistiendo cuando ingresen a la universidad, o durante los siguientes años cuando sean adultos jóvenes. De entre los factores, el único que parece dar mayor garantía de que seguirán participando en la vida eclesiástica es el de la oración personal cotidiana.

Creo que está claro en dónde se conectan los puntos: 1. El mayor garante de la continua participación religiosa es la oración diaria. 2. Los jóvenes católicos son los menos propensos a orar diariamente. 3. La Iglesia Católica tiene la mayor tasa de deserción entre las iglesias y comunidades eclesiales cristianas. ¿Me permiten establecer un “por lo tanto?”

Por lo tanto, lo más importante que podemos hacer como ministros juveniles y como padres, es fomentar entre nuestros jóvenes una vida de oración diaria. En este sentido, no sé por qué no hemos podido hacer un mejor trabajo de lo que se ha logrado hasta ahora. Cuando asistía a la parroquia, logré dirigir increíbles grupos de oración: velas, incienso, música, luces. Una auténtica proclamación de las Escrituras, eran fundamentales para los servicios semanales de oración, y nuestras veladas juveniles eran espectaculares. Con todo, no recuerdo haberles preguntado a mis jóvenes acerca de su vida de oración personal. Yo quería darles experiencias, quería instruirlos con la doctrina de la Iglesia, pero ¿les di lo que necesitaban para que desarrollaran una vida de oración personal diaria?

Los que nos guiamos por el Leccionario contamos con todas las herramientas para ayudar a nuestros jóvenes a que lo hagan, y no simplemente ponerles una Biblia en las manos diciendo, “ten, comienza a leer.” La Iglesia nos proporciona un ritmo con ciclos y lecturas diarias de la Escritura, tenemos una guía propia para las lecturas bíblicas, y además la Iglesia también nos proporciona la lectio divina, un método de cuatro pasos para rezar con las Escrituras:

…lo más importante que podemos hacer

como ministros de jóvenes y como padres,

es fomentar una vida de oración diaria

entre nuestros jóvenes.

 

  • Utiliza tu cuerpo. Lee el pasaje.
  • Utiliza tu mente. Repasa tu día en la escuela y lo que sucedió con tus amigos y familiares.

 

¿Qué significa este pasaje para ti, basado en lo que estás viviendo actualmente?

 

  • Utiliza tus sentimientos. Ahora que entiendes lo que este pasaje significa en tu vida, ¿qué situación te ha inspirado a orar?
  • Utiliza tu intuición. ¿Qué es lo que Dios te responde?

 

 

Hay que recordar que nuestra fe no es una ideología; nuestra fe está cimentada en una persona, Jesucristo.   Con Él es con quien nos encontramos, de quien nos enamoramos, y a quien nos amoldamos. Me parece que los que estamos encargados del ministerio juvenil nos estamos sujetando del único programa, movimiento o innovación que intenta detener el sangrado de jóvenes y jóvenes adultos que dejan de asistir a nuestras parroquias. Tanto las misiones, retiros, conferencias de entrenamiento de líderes, como los esfuerzos en la renovación litúrgica, sólo tendrán sentido si nuestros jóvenes están enraizados en una persona con la que tengan un encuentro cotidiano. Cuando fui ministro juvenil parroquial, descubrí que un buen ministerio juvenil se basa en hacer las preguntas correctas. Quizás la mejor pregunta que podamos hacerles a los jóvenes sería: ‘¿Cómo te fue anoche durante tu tiempo de oración?’

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By: Robert Feduccia

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